Hay una puerta de salida para la ansiedad

por Instituto Psicode

“Hubo momentos en que no sólo me olvidé de mí, sino también de lo que soy”. Samuel Becket

La ansiedad es uno de los síntomas que más frecuentemente encontramos en  la clínica y puede llegar a ser uno de los cuadros más inhabilitantes para la vida de una persona.

La ansiedad en sí misma forma parte de las experiencias habituales del ser humano y de su repertorio de respuestas ante determinadas situaciones. Es una sensación habitual que no, no es agradable, pero resulta adaptativa en determinadas circunstancias porque nos pone en guardia, nos activa cuando imaginamos algo que va a suceder.

Es un “miedo” ante una situación que imaginamos o anticipamos compuesta por pensamientos de peligro, sensaciones de aprensión, reacciones fisiológicas y respuestas motoras. Efectivamente si vamos a realizar un viaje a un país remoto y desconocido, si vamos a enfrentarnos a un nuevo trabajo con nuevos compañeros, si nos mudamos de casa o tenemos que someternos a una operación, la ansiedad se va a encargar de mantenernos en estado de alerta con el fin de anticipar los imprevistos que puedan acontecer y reaccionar ante ellos, pero ¿Cuándo se pierde esta función adaptativa?

¿Por qué la ansiedad deja de ser una respuesta útil y se convierte en un recurso paralizante?

“Levantarme por la mañana desencadena en mí un malestar insoportable, tengo que prepararme para un día de trabajo que va a ser horrible y ya se me coloca el monstruo encima. La única solución para quitar este malestar es volver a la cama”

 De repente una persona se encuentra con que todo lo que tiene que hacer es una fuente de peligros y de temores, la activación de su cuerpo no termina nunca y la única manera de evitar ese estado es dejar de hacer cosas (cada vez más) con lo que al final, cualquier pequeña actividad se magnifica y supone más temor.

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La ansiedad se convierte en el león del que tenemos que huir, pero es imposible huir de él porque cuanto más intentemos evitarla, más nos asolan los temores, las preocupaciones, la anticipación de catástrofes y más cuesta arriba se nos antoja el afrontamiento de nuestras actividades cotidianas…

Terminamos teniendo tanto miedo a tener miedo que esa espiral puede llegar a inmovilizar a la persona frenando cualquier tipo de actividad.

La ansiedad sigue un recorrido como el de la campana de Gauss o, si nos resulta más gráfico, como una montaña redondeada. Se trata de una línea curva con un recorrido que aumenta hasta que llega a su punto máximo para después recorrer un camino descendente hasta que la ansiedad desaparece. En un estado normal este  proceso termina en unos pocos minutos y aunque no es una experiencia agradable acaba pronto si la dejamos seguir su curso.

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El problema nos acecha cuando tratamos de evitarla, cuando nos resulta tan aversiva que pretendemos frenarla con la estrategia que nos parece más adecuada. Es en ese esfuerzo incansable que realizamos para que no aparezca el monstruo llamado ansiedad que podemos llegar a reducir nuestras actividades hasta un nivel mínimo de expresión. En ocasiones reducimos tanto nuestro mundo que llegamos a un punto en que sólo nos preocupa nuestro miedo al miedo, el miedo a la ansiedad absorbe nuestra energía….

En este proceso la limitación va poco a poco; es habitual que reduzcamos en primer lugar nuestro ocio, aficiones, salidas con los amigos, etc… Entre otras razones porque dejar el trabajo no nos lo podemos permitir. Una vez que nuestra vida se reduce al trabajo y la casa nuestro estado de ánimo cae en picado y nos vemos sumergidos en un círculo tal que sólo pensar en cualquier pequeño acontecimiento se convierte en un foco estresante y generador de ansiedad.

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V. es una paciente de 32 años. Un día de invierno iba en metro a trabajar en plena hora punta, no se encontraba muy bien de su catarro, no había dormido muy bien ni había desayunado e iba abrigada porque hacía frío en la calle. No se quitó el abrigo en el metro y además había mucha gente con lo que empezó a respirar rápidamente porque se sentía agobiada, sin aire y empezó a marearse, a sentir que se desmayaba.

Salió como pudo del metro, se fue a urgencias acompañada de su novio que acudió corriendo a socorrerla y se asustó mucho de lo que pasó. Tras estar tres días de baja V. volvió al trabajo, pero como no tenía muchas ganas de coger el metro su novio, que estaba muy pendiente de V. la llevó en coche al trabajo; V. no tenía ganas de tomar el metro en hora punta después de lo que le había pasado.

Ir en coche al trabajo se convirtió en una costumbre, nunca era buen momento para retomar el metro y al final, tampoco les causaba tanto trastorno. V dejó definitivamente de coger el metro. Empezó a pensar que a lo mejor se podía volver a desmayar en cualquier momento, que le podía dar algo malo, que no controlaba…

El fin de semana los amigos iban a un concierto multitudinario y a V no le apetecía mucho porque iba a haber mucha gente y mucho barullo, una semana después a V. tampoco le apetecía reunirse en un bar con sus amigos porque los viernes sale todo el mundo, estaba cansada y hay mucho follón, en el centro no hay quien aparque y el metro…, no, no lo iba a pasar bien, y para pasarlo mal, pues se quedaba en su casa.

Dos semanas después se desapuntó del gimnasio porque llevaba tiempo sin ir y andaba cansada del trabajo y con el calor que hace en el gimnasio hay que andarse cambiando y el catarro no se le acababa de curar y ya si acaso se volvería a apuntar en primavera… y así, poco a poco, para evitar “agobiarse”, “los mareos”, “los lugares con mucha gente” V. fue dejando de hacer cosas que en otro tiempo le agradaban. Sólo pensar en una actividad que no fuera ir al trabajo y volver le producía  un gran malestar que conseguía eliminar dejando de hacer cosas.

De repente llega un día en que V. siente que está muy nerviosa, que le cuesta ir al trabajo y entonces ¿cómo va a hacer otra actividad? si bastante tiene con esa. Se siente triste, vacía y que su vida no tiene sentido. Piensa constantemente que no vale para nada, que no es capaz, que en cualquier momento le va a dar un ataque y que ha perdido el control.

Se lleva bien con su pareja que aunque no termina de comprenderla la apoya y la ayuda ocupándose de la mayoría de los quehaceres… pero ella siente apatía por todo y el trabajo es una fuente de estrés tal que no lo quedan fuerzas para nada más.

Naturalmente V no es consciente del proceso que le ha llevado hasta allí porque los mecanismos que utiliza nuestra cabeza son más sutiles, es difícil ser conscientes de la ruta que nos ha llevado a sumirnos en ese círculo en el que nos convertimos en una marioneta manejada por los hilos del miedo.

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Acabamos sometidos al miedo del miedo, a la evitación de la ansiedad o de cualquier situación que pueda provocarnos una cierta activación y nos acelere

V.fue a terapia y aprendió que lo que le había pasado en su día fue un ataque de ansiedad o crisis de pánico. A partir de ese ataque había dejado de hacer cosas por miedo a vivir un nuevo episodio y aplazó indefinidamente el afrontamiento de esa situación tan desagradable.

Además los pensamientos que fue generando agrandaron el episodio y enfatizaron la posibilidad de que el ataque le sucediera en cualquier otro momento, en cualquier otro lugar parecido… hasta que la generalización fue tal que consideraba que en cualquier momento le podía dar. Felizmente

V. aprendió cuál era su problema, aprendió a manejar la ansiedad en terapia y dejó de sufrir crisis de ansiedad. Empezó a retomar su vida dejando de pelear contra su miedo al miedo y contra su ansiedad, dejó de ser su peor enemiga, de ponerse trabas para todo y recuperó sus ganas de vivir.

La vida está llena de incertidumbres, pensar en todas ellas sólo acabará por paralizarnos. En nosotros está dejarnos atar por el miedo o liberarnos de sus cuerdas para descubrir nuestra propia historia.

                                                                                     Patricia Díaz Pérez

                                                                                     Psicóloga

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